Esa noche, bajo un manto increíble de estrellas tilcareñas, y a la luz de un fueguito que se iba consumiendo (como mi capacidad de mantenerme erguida, no ya lúcida) condensó e iluminó tantos años de lecturas, estudio y discusiones (en el mejor y más productivo de los sentidos)
El escenario era idílico: noche clara, despejada, un vientito que te hacía sentir vivo, los fondos de una casa de postal de Tilcara (hasta un cardón había!) una gran fogata que de tanto en tanto despedía chispas para recordarnos que con el fuego no se juega, guitarras, empanadas, humita en chala y vino, mucho vino para celebrar el final de largas jornadas de trabajo y discusión con organizaciones indígenas y campesinas. Todas las teorías, todas las posturas y modas, todas las prácticas y vidamisma se habían puesto en la mesa durante esos días…
Y así, cuando quedábamos muy pocos ya despiertos, y empezaba a sentirse un intento de claridad del próximo día, me quedé pegada a un viejo mapuche, un tipo muy mayor, la cara surcada, una lucidez que enceguece…. así, charlando de la vida, con una guitarra en la mano, tocando despacito unos acordes sureros, dijo: “Y sí, yo antes era peón de campo, ahora resulta que soy mapuche…..”
Todos los libros se me vinieron encima, me aplastaron la cabeza …cómo era eso? Cómo AHORA?
Me contó entonces, que cuando era joven, el no se decía mapuche. Le daba vergüenza ser mapuche, no sabía la lengua, y sólo había escuchado el mapuzungún de la boca de su abuela, cuando hablaba en sueños.
Contó que de muy chico, pasaba noches al lado de la cama de su abuela para escucharla hablar “la lengua”, sin entender qué decía, escuchaba en silencio aquellas palabras que no sabía….En los momentos de vigilia, la abuela decía no recordar una palabra, no poder hablar la lengua prohibida, haberla olvidado a fuerza de golpes, desprecios y dos días de cárcel….La abuela había aprendido que mejor ni recordar…..Y eso enseñó a sus hijos y sus nietos.
Mejor no ser mapuche. Siendo peón de campo, en cambio, tenía cómo defenderse. Tenía un sindicato, tenía otros compañeros con los que exigir sus derechos, tenía el “Estatuto del peón” que era su ley. Ser peón era su identidad. El trabajo articulaba la lucha, el reclamo. Era su instrumento. Eso es lo que era….
Ahora, en cambio, los derechos son izquierdos, nadie reclamaba nada, no hay sindicato que agrupe, que contenga, no hay trabajo para el peón, no hay orgullo de ser peón de campo….No hay orgullo por trabajar
Pero ser mapuche es tener derechos. Es poder reclamar esos derechos reconocidos por
Y que la aprendan los jóvenes. Está muy bien que quieran aprender la lengua los jóvenes, porque ahora es un idioma. Porque ahora sí tiene sentido. Ahora es un grito que asusta, que interpela, que nos hace pensar quiénes somos, qué es el estado, que es el territorio. Cuando se cayó el mito de un estado, una lengua, una religión, todos ciudadanos, todos trabajadores, todos ¿iguales?. Cuando eso ya no existe, cuando la política fue mala palabra, cuando los sindicatos dejaron de representar, cuando el trabajo pasó a ser un efecto no deseado y quedó al descubierto, impúdicamente, que no todos somos igual de ciudadanos, buscar otras identidades era una necesidad. Para tratar de ser, para tratar de estar, para tratar de gritar.
La construcción de la identidad es un proceso. No hay identidades cristalizadas, van cambiando, se transforman, se diluyen en identidades mayores, resurgen de acuerdo al momento histórico. Eso dicen los libros. Y esa noche lo entendí.






