viernes, 7 de marzo de 2008

Por enésima vez recibo este chiste. Por enésima vez , también, hago una mueca. No, no somos iguales. Tenemos anatomías distintas, historias distintas, mandatos distintos. Y todos los botoncitos que tenemos son parte de la historia. Esa historia contradictoria, tironeada, que nos manda a tener hijos, hacer la comida, lavar los platos, ser sumisas, delicadas, tiernas pero a la vez ardientes amantes (pero en secreto, eh? que no se note) ser cultas (pero no mucho, eh? que tampoco se note), independientes e inteligentes (que se note menos aún, siempre dejar espacio para que se crean que la manija la tiene otro): Y esta historia fue forjada por hombres y mujeres. Madres que enseñana a sus hijas el arte de ser una buena mujer, transmitiendo ideas que las dominaron y las encerraron en sus casas, pero también las obligaron a salir de ellas para buscar alimentos, defender a su hombre y sus hijos de los enemigos reales y no tanto.... Hombres que necesitan parecer fuertes, protectores, proveedores, competitivos, trabajadores y construyen esa imagen, aún cuando se mueren de miedo y necesitan ser protegidos....Y así llegamos, con cables cruzados, con señales que parecen una cosa pero son otra.... Y qué querías? Dulce de leche?

"Lavinia piensa en el sexo color de níspero y se pregunta por el amor.
El tiempo no transcurre: ella y yo tan lejanas podríamos conversar y entendernos en la noche de luna alrededor de la fogata. Innumerables las preguntas sin respuesta. El hombre se nos escapa, se desliza entre los dedos como pez en río manso. Lo esculpimos, lo tocamos, le damos aliento, lo anclamos entre las piernas y aún sigue distante cual si su corazón estuviese hecho de otro material. Yarince decía que yo quería su alma, que mi deseo más profundo era soplarle en el cuerpo un alma de mujer. Lo decía cuando le explicaba mi necesidad de caricias, cuando le pedía manos suaves sobre mi cara o mi cuerpo, comprensión para los días en que la sangre manaba de mi sexo y yo andaba triste, tierna y sensible como una planta recién nacida.
Para él, el amor era puique, hacha, huracán. Lo apaciguaba para que no le incendiara el entendimiento. Le temía. Para mí en cambio, el amor era una fuerza con dos cantos: uno de filo y fuego y otro de algodón y brisa.
Mi madre decía que sólo a la mujer le había sido dado el amor; el hombre conocía apenas lo necesario. Los dioses no habían querido distraer su fuerza. Pero ya había visto hombres enloquecidos por el amor y podía decir que hasta Yarince, por conservarme a mí a su lado, había incurrido en reprimendas de sacerdotes y sabios. No podía aceptar, como mi madre, que llevaran dentro de sí sólo la obsidiana necesaria para las guerras. Me parecía que ocultaban el amor por miedo de parecer mujeres."
Gioconda Belli- La mujer habitada

3 comentarios:

Pensamiento libre dijo...

Vengo del post de arriba, hágase extensivo el comentario sobre Gioconda Belli para aquí abajo.

El chiste(?) no lo conocía. Creo que el botón de los zapatos es exageradamente pequeño ¿no?

Laura dijo...

Usted conoce a las mujeres! No sólo el botón, cualquier armario es pequeño para ellos!

Eva Row dijo...

Otra vez, bellísimo.